El Blog de Don César

De Esclavitud en Esclavitud

Extrañamente, esa mañana, cuando el hombre despertó, descubrió que unas enérgicas esposas le atenazaban las muñecas. Hundido en la desesperación, saltó del lecho y, lo primero que hizo, fue buscar la manera quitarse esa horrible maniatadura.

Despavorido, salió a la calle y comenzó a correr y a gritar. Su ansia de libertad era tanta que, angustiado, vociferaba como energúmeno. ¡Necesitaba que alguien lo liberara de esos ignominiosos fierros!

Corrió por diferentes calles y callejuelas y, de pronto, al pasar frente a una herrería, vio al fornido y sudoroso propietario de la fragua que golpeaba sobre el yunque un hierro candente que acababa de sacar del fogón.

– ¡Por favor! ¡Quítame estas esposas! ¡Anhelo tanto volver a mover mis brazos que pagaré cualquier precio por el servicio!

Un par de certeros golpes de martillo y cincel fueron suficientes para que las molestas esposas saltaran por los aires. Entonces, agradecido, el hombre lo consideró su salvador y comenzó a admirarlo profundamente. Lleno de profunda gratitud, decidió quedarse a pasar una temporada con él.

En realidad, el herrero era un hombre tosco, déspota e, incluso, cruel. Cada día encomendaba al liberado tareas más duras y más indignas. Lo insultaba, le exigía una obediencia rayana en la abyección, lo intimidaba sin tregua, le hacía incontables desprecios y acabó por hacer de él un ser sumiso.

Así pasaron los meses y los años. Y el hombre, agradecido por el servicio que aquella lejana mañana le prestó el herrero, se convirtió en su esclavo; pero era feliz, porque ese artesano le había dado la libertad.

COMENTARIO: Con frecuencia, los seres humanos caemos en estas nada recomendables prácticas: abandonamos una tradición espiritual para incorporarnos a otra, sin darnos cuenta de que no basta con cambiar de amo, lo que necesitamos es dejar de ser «perros».

Tomado de «El libro de la serenidad»
Ramiro A. Calle